Diario LA NACION - Noviembre 2016

 

 




Entrenar, pese a todo
De madrugada, de noche, a la hora del almuerzo, feriados y hasta domingos: la pasión por la actividad física no cede ante las apretadas agendas laborales.


 "No es casual que viva enfrente de un gimnasio", dice Noé Santana, de 29 años, que cuatro días a la semana recorre con una sonrisa en el rostro el mínimo trayecto que separa su hogar del Megatlón de Nuñez, para ser la primera en ingresar ni bien el local abre sus puertas, puntual, a las 7 de la mañana. "Mi vida va a ser más feliz si vivo cerca de un gimnasio, pensé antes de mudarme, ya que no concibo la vida sin actividad física", agrega Noé, que no duda en levantarse más temprano de lo que le demanda su trabajo en el área de comercio exterior de un banco para hacer aquello que le da "las pilas" necesarias para atravesar la jornada.



Más o menos a la misma hora en que Noé entra al gimnasio, Felipe José Goetz regresa a su casa, tras haber corrido unos 8 a 15 kilómetros. "Es un horario que me permite meter el ejercicio en la rutina sin alterar mi día laboral, en un momento en el que la alternativa es dormir. Pero lo más importante es la riqueza del disfrute de salir a correr a esa hora en que la ciudad está vacía", cuenta Felipe, de 32 años, a cargo del área de comunicación de una bodega. No corre todas las madrugadas, sólo los martes; el resto de su cuota de actividad física la reparte entre la oficina, donde tiene un elíptico, y el finde: los sábados sale a andar en bicicleta por el campo -"pueden ser 80 o 100 kilómetros"- y algunos domingos sale a correr a las 10 de la noche, después de haber acostado a sus hijos.

Para muchos que disfrutan de hacer deporte, así como también para aquellos que son conscientes de la necesidad de mantener una rutina de actividad física, las ocupadas -a veces desbordadas- agendas laborales, sociales y familiares no representan una excusa ni un freno que les impida hacerse un hueco en algún momento del día y calzarse las zapatillas, subirse a la bici o entrar al gimnasio, así sea por quince minutos o media hora. Todo vale, todo suma. De madrugada o de noche, a la hora del almuerzo, de vuelta de llevar los chicos al cole o de camino al trabajo e incluso feriados y domingos: todo tiempo muerto puede ser puesto en sintonía con las ganas de moverse.

Así es como hoy es posible encontrar gimnasios de barrio en los que hay gente las 24 horas. "Cuando abrimos el gimnasio empezamos a notar que, a la hora de cerrar (por aquel entonces, a las 23 horas), todavía había mucha gente entrenando", dice Silvia Cosentino, propietaria del gimnasio Target Gym de Florida, Vicente López, que hace unos meses extendió su horario: "Ahora, abrimos el lunes a las 7 y permanecemos abiertos hasta el sábado a las 19; abrimos también los domingos, de 10 a 18".

El público de la trasnoche, cuenta Cosentino, no sólo es numeroso: "Hay dos franjas horarias, están los que se quedan hasta las 3 o las 4 de la mañana, y luego los que vienen a las 5, que son los que entrenan antes de ir a trabajar". En su mayoría son varones y la actividad gira en torno a la musculación, ya que en el horario trasnoche no hay clases, pues es más difícil conseguir profesores que den clases de noche que personas que quieran participar de las mismas.



"Hubo una época en que nuestra sucursal de Barrio Norte abría las 24 horas, pero terminamos volviendo al horario habitual (7 a 23 horas) porque nos era muy difícil conseguir recurso humano para ese horario", recuerda Facundo Esteves, gerente de servicio de sucursal de Megatlón. "Pero la verdad es que si abrís las 24 horas, a la noche la gente va..."


Otro momento de alta demanda en los gimnasios es el horario del almuerzo. "Si bien la primera mañana y la tarde, en las horas previas y posteriores al trabajo, suelen ser los horarios picos en nuestro gimnasios, en los locales ubicados cerca de oficinas o de mucho tránsito, la hora del almuerzo tiene cada vez más demanda -cuenta Esteves-. Para muchos es una buena idea achicar el tiempo del almuerzo para poder hacer un poco de ejercicio".

El cada vez mayor número de personas que acude al gimnasio en el horario del almuerzo ha llevado a un cambio en el formato de las clases, cuenta Esteves. "Esta tendencia marcada de que muchas personas se hacen una escapada al gimnasio para hacer un poco de actividad física tras comprimir el tiempo que pasan almorzando nos ha llevado a tener otros parámetros de rango de hora -cuenta-. Hoy, además de las clásicas clases de una hora o una hora y media de entrenamiento y de musculación, desarrollamos otros protocolos de trabajo: los profes arman clases exprés, de media hora o de 45 minutos".

Así, alcanza una hora para entrar al gimnasio, moverse media hora, darse una ducha y estar de vuelta en la oficina más relajado, de mejor humor y con la energía renovada. "Para nosotros, estos esquemas de clases exprés evitan lo que estaba pasando bastante seguido en los horarios del mediodía, que era que muchos no terminaban la clase y se iban antes para volver al trabajo, lo que no es aconsejable ya que no hacían la recomendada vuelta a la calma después del trabajo muscular intenso", agrega Esteves.



Aprovechar el tiempo

El horario del almuerzo no es el único que los amantes del deporte resignifican en un intento por vencer la inercia física a la que predispone la rutina cotidiana. Están aquellos que aprovechan cualquier desplazamientos obligado -llevar los chicos al cole, ir a trabajar, a la universidad, hacer las compras, etcétera- para cambiar auto, bondi o subte por bici o zapatillas de correr o caminar.

"Entreno cuando puedo", resume Marcelo Regalado, de 51 años, ilustrador y amante del running. "Después de llevar a mi hija al colegio, aprovecho que estoy en la calle y corro entre 45 minutos y una hora, tres veces por semana. Después, empiezo con la rutina diaria, freelance en casa, comer y sumar algo más de entrenamiento en el viaje hasta el trabajo en bici: unos 8 kilómetros, ida y vuelta. A eso le sumo algún fondo de 15 a 20 kilómetros, los fines de semana que puedo".

La obligación de madrugar que implica llevar los chicos al cole es aprovechado de múltiples formas: "Tres veces por semana, dejo a mis hijos cinco minutos antes de que toque el timbre y camino las siete cuadras hasta el gimansio para hacer spinnigng, porque la clase empieza a las 8, ¡y llego justo! -dice Soledad Ramírez, periodista de 38 años-. Me gusta hacer esa clase porque optimizo mucho mi mañana. De no ser así, me quedaría, como muchos, haciendo puerta en la escuela entre saludo y saludo con las madres, o yendo a comprar algo al súper después del cole y de camino a casa. Es decir, es una hora que se pasa volando y sin hacer nada concreto. En cambio, yendo al gym la optimizo, en lugar de ser una hora muerta, la ocupo con mi actividad física del día".

La necesidad de exprimir al máximo el tiempo y reconvertir tiempos muertos responde a una causa unívoca: las horas no alcanzan. "Organizarme para ir al gimnasio a lo largo del día es casi imposible entre el trabajo y las cuestiones familiares -explica Soledad-. Cuando no puedo ir al gym, voy al laburo en bicicleta. Tardo media hora, me oxigeno, llego de mejor humor y con energía. Si bien no es una gran actividad física, no es para nada intensa, voy como paseando, lo que me resulta grato. Y además muevo las piernas, ¡la sangre circula!"

Aprovechar los tiempos muertos requiere, muchas veces, algo de imaginación y cierta preparación. Contar con par de zapatillas, un short y una remera siempre listos -en el cajón del escritorio de la oficina o en la mochila- como para implementar un poco de running cuando la oportunidad se presente es una gran idea: "El otro día, al salir del trabajo, se me ocurrió cambiar la rutina de transporte público por un poco de running. Era la hora pico, el colectivo o el taxi iban a tardar mil años, así que decidí ponerme las zapatillas y el short que tenía en la mochila, guardar la ropa de trabajo ahí, y volver corriendo. No lo tenía planeado, ¡pero tenía las zapas a mano!", cuenta Javier Fernández, de 35, ejecutivo de cuentas que trabaja en el microncentro y vive en Recoleta.

De lo que se trata, es de organizarse. Cuenta Noé Santana que los horarios de entrenamiento suyos y los de su novio, Rodrigo Hernández, son complementarios, pues es la fórmula que encontraron para poder llevar adelante sus rutinas de actividad física. "Cuando él comienza su día para ir a trabajar, que debe salir temprano porque vivimos lejos de su trabajo, yo me levanto para hacer actividad física. Así, él se viste para el trabajo, yo de runner -dice-. A la noche, cuando vuelvo a casa, hay 3 o 4 días que él sale a entrenar. Juega Fútsal [fútbol de sala], en Racing. Los partidos son el fin de semana, y ahí sí lo acompaño siempre, porque el deporte es algo que los dos disfrutamos".

Al que madruga...

Para quienes el horario de ingreso al trabajo delimita una frontera infranqueable a partir de la cual la posibilidad de reconvertir tiempos muertos en actividad física es nula, no queda otra: levantarse un poco más temprano o irse a la cama más tarde. "Mi rutina de ejercicio habitual es levantarme los lunes, martes, jueves y viernes unos 45 minutos antes de lo necesario y entrenar en mi casa", cuenta Guillermo Faez, locutor de 41 años, que hace ejercicio en el living de la casa mientras el resto de la familia duerme. "Me levanto temprano y entreno porque durante el día, entre el trabajo y la logística con mis hijos me es muy difícil organizarme para poder entrenar", agrega.

Adrián Rapopport, de 33 años, también pone el despertador un buen rato antes de lo que su horario de trabajo le demanda. "Me levanto a las 6.45 y lo primero que hago, antes de desayunar, ducharme y salir al trabajo, es una rutina diaria de 500 flexiones y 800 abdominales", dice Adrián, responsable de auditoría de una empresa alemana, que durante las noches, de lunes a viernes, mete unos 15 a 20 kilómetros diarios como parte del entrenamiento del deporte que ama -y que practica los fines de semana en el Club Náutico Hacoaj-: el remo en bote de travesía. "Llegue tarde del trabajo, llueva o lo que sea, no me permito no salir a entrenar: es dar ventaja", dice.

Cuando viaja por trabajo, Adrián sólo tiene un pedido: "Siempre pido que en el hotel al que voy haya un gimnasio o una cinta. Es el requisito mínimo para aceptar cualquier viaje", asegura. "Siempre llevo un par de zapatillas y un short cuando viajo", dice por su parte Agustín Biasotti, de 43 años, que trabaja en una agencia de medios. "Si hace frío corro en la cinta del hotel, si está lindo, en la calle", agrega y asegura que correr es la mejor forma de combatir el jet-lag.

Pero volviendo al tema de madrugar, ésto es algo que los amantes del deporte no sólo hacen los días de semana: "Los domingos aprovecho que mi hijo se queda con su padre y me levanto a las 7 para salir a correr", cuenta Elizabeth Rosselli, personal trainer de 38 años, que complementa su entrenamiento de la semana con las salidas de los domingos, en las que corre alrededor del Parque Sarmiento, en Saavedra, junto a su hermana. "Hacemos unos 5 o 6 kilómetros, y después bajo del auto las colchonetas, las mancuernas y las bandas para hacer algo de ejercicio".


Diario LA NACION
Producción de Florencia Nijensohn.

 



(Daniel Tangona, (54911) 3639-1200)